Cinematófilos

jueves, 17 de abril de 2014

Un documental extraordinario

Arthur Agee en 'Hoop Dreams'

Sin manipular ni esconder nada, Hoop Dreams (1994) es un documental que respira autenticidad en cada uno de sus planos. Pero logra un ritmo narrativo y un suspenso que envidiarían unas cuantas ficciones deportivas. Escribí unas líneas sobre esta extraordinaria película, que se exhibió en el reciente Bafici, para Hacerse la crítica. ■

miércoles, 9 de abril de 2014

Bafici 2014: Paula contra la mitad más uno, de Néstor Paternostro

El tono disparatado de la película queda claro de entrada, cuando una banda de ladrones asalta un banco con un imposible gas que hace reír. A partir de ahí, Paula contra la mitad más uno (1971), de Néstor Paternostro, se va convirtiendo un divertido pastiche que agrupa -o quizá amontona- diferentes géneros y tonos visuales.

Afiche de 'Paula contra la mitad más uno'La historia es sencilla. Justo antes del clásico con River, una banda liderada por Paula planea secuestrar al plantel de Boca y pedirle dinero al presidente del club, Alberto Armando, por su liberación. En el plan se ve involucrado a su pesar un pobre tachero fanático del xeneize que está a punto de casarse, y se suma también un killer que llega desde Chicago (Raimundo Soto, genial), que a su vez es perseguido por otros dos matones a sueldo que pretenden asesinarlo.

El resultado es una curiosa mezcla de publicidad de Dodge (los autos que vendía el presidente de Boca en aquellos años), institucional de Armando (el hombre sin apellido, que promete que la nueva cancha de Boca en la ciudad deportiva de la costanera estará terminada "a fines de 1973 o a más tardar a principios de 1974"), una especie de cómic (la historia del club se cuenta con dibujos) y una película de gángsters. Como hizo después Adolfo Aristarain con la saga del amor que filmó para Aries, Paternostro trasciende las muchas imposiciones a las que se debe haber enfrentado y logra una película divertida y bastante cinéfila, con algunos chistes geniales (notablemente el del final). Encima se ven en colores los goles a River del Nacional del 69, cuando Boca dio la vuelta en el Monumental. Y los héroes de la historia, revólver en mano, son Roma, Marzolini y Rojitas, entre otros jugadores.

Es una pena que Paula... se haya exhibido en una versión digital un poco oscura. El Bafici debería invertir para rescatar estas películas en fílmico. ■

viernes, 4 de abril de 2014

En otros ámbitos

Kate Winslet, Josh Brolin y Gattlin Griffith en 'Aires de esperanza'

Aires de esperanza, de Jason Reitman, es mucho más interesante de lo que aparentaba. Noble y placentera, sutilmente inteligente, genera emociones genuinas. Me invitaron a participar del muy buen sitio Hacerse la crítica, y escribí unas líneas sobre la película que se pueden leer acá.

Esto no significa que Cinematófilos vaya a desaparecer, sino que ocasionalmente también podrán leer algún texto mío ahí. ■

miércoles, 2 de abril de 2014

Tres grandes películas...

...para ver en el Bafici.

Afiche de 'Match en el infierno'Match en el infierno (Két félidö a pokolban, 1962)
Dirección: Zoltán Fábri.
Elenco: Imre Sinkovits, Dezsö Garas, József Szendrõ, István Velenczei, Gyula Benkö.
Cuenta el mismo episodio -más mítico que real- que Escape a la victoria (1981), de John Huston. Pero lo hace de un modo completamente diferente: mientras la estadounidense es una convencional historia de heroísmo con final feliz, aquí las cosas se van poniendo cada vez más oscuras hasta un desenlace inexorable. Es notable cómo se va construyendo la relación entre los desesperados prisioneros, obligados a formar un equipo de fútbol para enfrentar a los nazis. Dato adicional: la película se exhibirá en 35 milímetros, que es como se debe ver. Imperdible.


Afiche de 'Escalofríos'Escalofríos (Shivers, 1975)
Dirección: David Cronenberg.
Elenco: Joe Silver, Ronald Mlodzik, Susan Petrie, Paul Hampton, Lynn Lowry.
Al revisar la obra temprana de Cronenberg (sobre todo ésta y la excelente Cromosoma 3) aparece como inevitable que en algún momento el director filmara Un método peligroso (2011). Es que las ideas de Freud atraviesan toda la película. Aquí un genetista crea una especie de parásitos-babosa que penetran en los cuerpos humanos y los infecta con un voraz apetito sexual, lo que trastorna el orden en un lujoso complejo de edificios. Algo precaria desde lo técnico pero notable en cuanto a su narración y tema, debe ser la primera película con zombis sexuales de la historia del cine.


Afiche de 'Calles de fuego'Calles de fuego (Streets of Fire, 1984)
Dirección: Walter Hill.
Elenco: Michael Paré, Diane Lane, Rick Moranis, Amy Madigan, Willem Dafoe.
La mejor película de Hill -que tiene unas cuantas buenas- es un fenomenal pastiche pop, mezcla de western urbano, fábula musical, historia de amor y una especie de retro-noir. Un héroe muy westeriano (Michael Paré, antes de hundirse en las profundidades de la clase B) llega de la nada, cumple su trabajo y se va. Diane Lane, más linda que nunca, cantando Nowhere Fast ("Vos y yo vamos a ir a ningún lugar lentamente / y tenemos que irnos lejos del pasado") es uno de los grandes momentos del cine estadounidense de la década. ■

martes, 31 de diciembre de 2013

Cine argentino clásico restaurado en el Malba

Delia Garcés en 'Gente bien', de Manuel Romero

La oportunidad es extraordinaria: el Malba programó para enero el ciclo "Cine argentino de siempre". Se trata de 18 películas clásicas del cine nacional que forman parte de la colección que Turner Internacional Argentina le donó en 2012 al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Se exhibirán en copias nuevas en fílmico, recientemente restauradas, lo que permitirá verlas casi como en el momento de su estreno. En este blog ya se comentaron cinco de estos films, que se proyectaron en el último Festival de Mar del Plata. Todos valen la pena, pero sobre todo conviene no perderse Gente bien, La dama duende y No abras nunca esa puerta.

A continuación, la programación completa:
  • Gente bien (1939), de Manuel Romero
    Jueves 9 de enero a las 18
    Viernes 10 de enero a las 18
    Jueves 30 de enero a las 18
  • El último payador (1950), de Homero Manzi y Ralph Pappier
    Jueves 9 de enero a las 20
    Domingo 12 de enero a las 22
    Jueves 30 de enero a las 22
  • Historia del 900 (1949), de Hugo del Carril
    Jueves 9 de enero a las 22
    Viernes 31 de enero a las 18
  • Eclipse de sol (1943), de Luis Saslavsky
    Sábado 11 de enero a las 18
    Domingo 12 de enero a las 20
  • La pródiga (1945), de Mario Soffici
    Jueves 16 de enero a las 18
    Viernes 17 de enero a las 18
  • Ambición (1939), de Adelqui Millar
    Jueves 16 de enero a las 20
    Domingo 19 de enero a las 22
  • La cabalgata del circo (1945), de Mario Soffici
    Jueves 16 de enero a las 22
    Viernes 17 de enero a las 20
    Viernes 31 de enero a las 20
  • Tango bar (1935), de John Reinhardt
    Jueves 23 de enero a las 18
    Viernes 24 de enero a las 18
  • La dama duende (1945), de Luis Saslavsky
    Jueves 23 de enero a las 20
    Domingo 26 de enero a las 22
  • Muchachos de la ciudad (1937), de José A. Ferreyra
    Viernes 1 de febrero a las 18
    Sábado 2 de febrero a las 20
  • La Cumparsita (1947), de Antonio Momplet
    Jueves 30 de enero a las 20
    Domingo 2 de febrero a las 22
  • El hermoso Brummel (1951), de Julio Saraceni
    Sábado 18 de enero a las 20
    Domingo 19 de enero a las 20
El Malba queda en Figueroa Alcorta 3415, y las entradas para el cine cuestan 35 pesos (18 para estudiantes y jubilados). Para más información se puede consultar la página web del museo. ■

lunes, 16 de diciembre de 2013

Volver al videoclub

Los videoclubes no son simplemente locales comerciales. Desde fines de los setenta fueron parte central de la revolución cultural del video, que permitió por primera vez el ingreso masivo de la historia del cine a los hogares. Como las librerías, son espacios culturales que la tecnología difícilmente pueda reemplazar.

Jaqueados por la piratería y los servicios de streaming tipo Nextflix, hoy atraviesan una época complicada. Pero mientras las grandes cadenas abandonaron el negocio (el último gigante que tiró la toalla fue Blockbuster, que en noviembre cerró los 300 locales que mantenía en Estados Unidos), algunos videoclubes sobreviven en base a la especialización. Aquí van dos videos que permiten adentrarse en estos gigantes independientes que, de la mano de una atención personalizada y un catálogo inigualable, siguen dando pelea.

Alessandro Magania y Max Tannone realizaron el documental There Were Always Dogs, Never Kids (2012), dedicado al videoclub Alan's Alley Video, de Nueva York.


Y David Chen, del sitio /Film, recorrió los interminables pasillos de Scarecrow Video, en Seattle, probablemente el videoclub más grande del mundo.


Estos dos videos se suman a una movida -integrada también por recientes documentales como Rewind This! y Adjust Your Tracking- que intenta revisar aquella época, rescatarla del olvido. Están hablados en inglés y no tienen subtítulos en castellano. Pero aunque no se entienda el idioma vale la pena verlos, como para volver a esos tiempos en los que nos quedábamos horas dando vueltas por los exhibidores de un videoclub en búsqueda de la próxima gema a descubrir. Para muchos de nosotros, la época en que nació nuestra pasión por el cine. ■

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martes, 10 de diciembre de 2013

Festival de Mar del Plata 2013 (segunda parte)

El nacimiento de un autor [*]

William Petersen y Kim Greist en 'Cazador de hombres'

Ver o rever un clásico en una sala de cine, casi como en el momento de su estreno, es una de las posibilidades más placenteras que brindan los festivales. Las buenas películas son las que resisten (o más bien invitan a) sucesivas revisiones, en las que siempre se puede descubrir algo más, algo nuevo. Sobre todo cuando se proyectan en fílmico, soporte en el que fueron concebidas, con esa textura inigualable y esas pequeñas, a veces casi imperceptibles marcas que anticipan el cambio de rollo. En este sentido fue un poco decepcionante la proyección de Deliverance, obra maestra de John Boorman, que se exhibió en digital: algo así como verla en casa pero más grande.

No tengo claro si Cazador de hombres (1986), de Michael Mann, es un clásico. Podría serlo: es una película que perdura más allá de su tiempo, que logró trascender las pautas de obsolescencia y hoy puede ser vista sin necesidad de contextos que la justifiquen. Algunos sostiene que se trata más bien de un clásico de culto, imprecisa categoría definida por la actitud del espectador que puede contener obras tan disímiles en calidad y pretensiones como Orgía de horror y locura y Los bañeros más locos del mundo.

Al margen de esa discusión, Cazador de hombres es sin dudas muy buena. En general el tiempo le pasa muy bien al cine de Mann. Sus películas se suelen ver hoy mejor que en el momento de su estreno, como si la distancia las despegara de las marcas de su época y resignificara cierto "fechado" de origen. La nostalgia ochentosa, tan celebrada en estos días retromaníacos, es en este caso la excusa menos interesante para volver a verla.

Como se sabe, el film es una adaptación de la novela Red Dragon (1981), de Thomas Harris, primera aparición de ese asesino serial tan cruento como brillante que es Hannibal Lecter. Cuenta la historia de Will Graham (William Petersen), un ex agente del FBI especializado en perfiles psicológicos que se retiró luego de sufrir severas consecuencias psíquicas y físicas al atrapar a Lecter (que en la película Mann rebautizó como Lecktor y es interpretado por Brian Cox). Will vive con su esposa y su pequeño hijo en las playas de Florida, hasta donde lo va a buscar un ex jefe (Dennis Farina) para tratar de convencerlo de que lo ayude a detener a un nuevo asesino serial que aterroriza a todo el país. Will, que teme volver a involucrarse a fondo en la mente de un asesino, se debate entonces entre su vida privada -que intenta resguardar a toda costa- y su trabajo. "Si volviera, sólo miraría las pruebas. No me involucraría más. El no me vería ni sabría cómo me llamo", le promete a su esposa. Pero en el fondo sabe que no podrá ser así.

Ahí está uno de los nudos de la película: a veces para combatir algo (los propios miedos o un asesino serial) es necesario poner todo, incluso dejar en evidencia las angustias más íntimas, volver a escarbar en esas heridas que aún no cicatrizan. Los personajes de Mann suelen ser profesionales obligados por las circunstancias a poner a prueba su responsabilidad. Hay una concepción del deber que puede parecer un poco anticuada en este mundo solipsista y que es, ante todo, una postura moral del director.

William Petersen y Brian Cox en 'Cazador de hombres'Como otras de sus realizaciones, Cazador de hombres sufrió cierto maltrato en el momento de su estreno. Un gran crítico como Dave Kehr sostuvo en el Chicago Tribune que Mann "cree tanto en el estilo que casi no le queda resto para construir con convicción los personajes o situaciones de la película, que sufre los consecuentes daños". Poner tanto el foco en el estilo, agregó, termina por "drenar cualquier noción de credibilidad" de la trama.

La acusación de formalista es una de las más comunes que Mann suele recibir. Es cierto que por momentos la puesta en escena puede atentar contra el verosímil (el lugar donde está detenido Lecktor, por ejemplo, se parece más al Guggenheim que a una cárcel de máxima seguridad), pero en su cine forma y fondo conforman un todo indisoluble. El exceso de color de algunas escenas, que algunos ven hoy como una marca de época un poco grasuna, representa el estado de ánimo de los personajes, o incluso directamente los delínea. Lo mismo ocurre con cierta grandicoluencia operística: el enfrentamiento final, en el que Will atraviesa una ventana en cámara lenta al ritmo de In-A-Gadda-Da-Vida, de Iron Butterfly, no es más que la resolución metafórica del conflicto interno del personaje. Por otro lado, la alegoría -procedimiento siempre conflictivo en el cine- de los huevos de tortuga que Will intenta proteger en la playa junto a su hijo apenas se deja ver, funciona como una alusión bastante discreta y bien colocada a la invasión de la privacidad, otro de los temas centrales de la película. Mann no descuida la forma pero es ante todo un gran narrador, de una precisión notable, que jamás se esconde detrás de un montaje vertiginoso (la tan frecuente huida ante la dificultad de la que hablaba François Truffaut).

De todos modos, creo que hay algo en Mann que se toma o se deja, que parecería no necesitar demasiadas justificaciones: cierta solemnidad que atraviesa su cine, una gravedad evidente que se contrapone a tanta película que no puede más que reírse de sí misma para gambetear sus inconsistencias. A Man se lo toma en serio o no se lo toma. Es así que muchas críticas apelan al sarcasmo (recordar el texto canchero con el que Gustavo Noriega despreció Fuego contra fuego en El Amante), una actitud de altanera superficialidad que impide profundizar en lo que realmente importa.

Cazador de hombres representó además un paso adelante de Mann luego de la fallida La fortaleza maldita. Y marcó el nacimiento de un autor: casi todas las constantes de su obra, que ya habían aparecido en Thief, su primera y excelente película, se refuerzan aquí y se terminarían consolidando en la década siguiente con Fuego contra fuego y El informante, sus obras maestras. ■

[*] Cazador de hombres y Deliverance se proyectaron en el Festival de Cine de Mar del Plata dentro de la sección Generación VHS. Quiero agradecer a Carolina Giudici, del blog Morir en Venecia, que colaboró con la traducción de la crítica de Dave Kehr y me ayudó a aclarar algunos conceptos teóricos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Festival de Mar del Plata 2013 (primera parte)

Clásicos del cine nacional

Angel Magaña y Renée Dumas en 'Alguien al teléfono', una de las dos historias de 'No abras nunca esa puerta'

El paso del tiempo suele dejar todo en evidencia, desnuda despiadadamente los errores y exalta los aciertos. Después de haber visto un puñado de los clásicos del cine nacional que se exhibieron en el reciente Festival de Mar del Plata, revisar Un diccionario de films argentinos (1995), de Raúl Manrupe y María Alejandra Portela, depara muchas sorpresas. No deja de llamar la atención cómo la crítica maltrató en el momento de su estreno a varias películas que hoy se consideran indiscutiblemente obras maestras o, al menos, grandes realizaciones. Con la ventaja de los años transcurridos y la extensa bibliografía disponible, a continuación se ofrece un breve repaso de cinco de esas películas, algunas muy poco vistas, que probablemente ahora comenzarán a circular con mayor asiduidad y estarán al alcance de nuevos públicos para que puedan redescubrirlas.

Pero antes, un poco de información. Hace un año el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) recibió una donación de la empresa Turner International Argentina: gran cantidad de negativos y copias en fílmico de películas argentinas, que entre otras cosas incluye toda la producción de los estudios SIDE, San Miguel y Lumitón. Dieciocho de esos films ya fueron restaurados en su formato original de 35 mm, se exhibieron en Mar del Plata y serán emitidos en televisión por Incaa TV. Fernando Martín Peña, que coordinó ese trabajo de restauración, contó algunos detalles en el diario del Festival. Fue un gran placer descubrir estas películas en la calidad que se merecen, poder disfrutarlas casi como en el momento de su estreno.

Ambición (1939), de Adelqui Migliar. Un grupo de artistas argentinos intenta triunfar en el bohemio barrio parisino de Montparnasse. Un pintor (Floren Delbene) se enamora de una mujer (Fanny Navarro), pero cegado por su ambición decide abandonarla para viajar triunfante a Buenos Aires. Allí comienza a trabajar para la aristrocracia, hasta que advierte que se siente vacío. Sobre el final la cosa se torna sorpresivamente dramática, pero como no podía ser de otra manera todo termina irremediablemente bien. Comedia menor aunque eficaz, es interesante ver cómo muestra las carencias con las que sobreviven los argentinos en Francia, una pobreza digna y hasta algo alegre. Por ejemplo, una pareja amiga del protagonista vive con sus tres pequeñas hijas en un departamentito, y la menor de ellas duerme en una cuna improvisada en el cajón de un ropero, lo que se muestra con una naturalidad que enternece. (De paso y algo gratuitamente, déjenme mencionar que Alexandre Rockwell debería aprender de la frescura de esas nenas-acrtices -o de los pibes de Gente bien, comentada más abajo-, diametralmente opuesta a la de sus hijos en la irrelevante y algo jodida Little Feet, que integró la competencia oficial del Festival). Dato curioso: al comienzo de la proyección se ven dos versiones de un mismo discurso en el que el director chileno, detrás de un escritorio y hablando a cámara, presenta a la audiencia la película, su primera realización en Argentina.

La cabalgata del circo (1945), de Mario Soffici y Eduardo Boneo. La historia del entretenimiento popular, desde el circo de finales del siglo XIX hasta el cine sonoro, narrada a través de la historia de dos familias. Dos hermanos (Libertad Lamarque y Hugo del Carril), de una relación tan estrecha que merodea lo incestuoso, persiguen sus sueños hasta que finalmente los alcanzan para descubrir que en realidad no era lo que deseaban. Película extraña, inusual, con una mirada cálida y emotiva que nunca cae en la nostalgia simplista. Por momentos parece casi un documental y termina siendo cine dentro del cine, en una rueda que, como las de esas carretas con las que los protagonistas recorren fatigosamente el país para ofrecer su arte circense, podría girar por siempre. En un rol secundario pero relevante se la puede ver a Eva Duarte, en el que según Manrupe y Portela es su papel más recordado.

Delia Garcés en 'La dama duende'La dama duende (1945), de Luis Saslavsky. En su libro Las grandes películas del cine argentino, Daniel López sostiene que este es el único, auténtico musical nacional. No porque sea un musical en el sentido preciso del término (se trata más bien de una película con canciones), sino por la musicalidad de su narración, que fluye con una ligereza asombrosa. La joven Angela (Delia Garcés) queda viuda del ex virrey del Perú y, llena de deseos insatisfechos, se enamora de un capitán (el español Enrique Alvarez Diosdado). Para acercárcele trama un rebuscado plan que le permite mantener una misteriosa comunicación con él: se hace pasar por la dama duende para, secretamente, cuidarlo, cantarle, bailarle, acosarlo. "Yo quiero noches de no dormir, brazos que ahoguen la flor de mi aliento, besos... y no besamanos", suspira Angela, atrapada entre las castas costumbres aristocráticas. Su forzado luto se contrapone con las celebraciones populares del pueblo, que de algún modo transgrede el orden impuesto. "No te cases con un viejo por la moneda, porque la moneda pasa y el viejo queda", cantan alegremente en una de las tantas noches de fiesta. Con un nivel de producción notable para la época y un ritmo narrativo encantador (sobre todo en la precisión de los diálogos y de las situaciones de enredos), la película aparece hoy un poco amanerada pero absolutamente disfrutable. Una experiencia gozosa.

Gente bien (1939), de Manuel Romero. El crítico Rodrigo Tarruella decía que Romero hacía películas peronistas antes de que el peronismo existiera como movimiento político. Este es un buen ejemplo: un representante un poco venido a menos de la "gente bien" del título abandona a la joven Elvira (Delia Garcés, dueña de una increíble e inocente belleza), con quien tuvo un hijo, para casarse con una chica millonaria e intentar rehacer su desgastada alcurnia. Desamparada, Elvira encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores, gente buena, y se enamora de un cantante (Hugo del Carril). Se trata de una "comedia clasista" hasta la médula, que hoy, más de 70 años después de su estreno, sorprende por lo beligerante de su planteo. Hay un momento particularmente notable, y hasta profético. Elvira sale a buscar trabajo, pero como es una madre soltera choca permanentemente contra los prejuicios de la "gente bien", que se preocupa más por sus mascotas -por las que muestra una sensibilidad inmoral- que por las personas que sufren. En la calle, los aristócratas ignoran a una pobre mujer que pide limosna, y cuando Elvira le da una moneda ésta se aleja y deja ver detrás suyo el cartel de una tienda de mascotas que ofrece cuidados estéticos para perros y gatos. Gran comedia.

No abras nunca esa puerta (1952), de Carlos Hugo Christensen. Son dos episodios independientes basados en historias que el escritor estadounidense Cornell Woolrich firmó como William Irish. En el primero -un notable ejemplo de concisión narrativa-, un hombre (Angel Magaña) intenta vengar el suicidio de su hermana (Renée Dumas), que había sido presionada por un prestamista. El segundo es aún mejor, y transforma a esta película en una obra maestra absoluta del cine nacional. Comienza con un mensaje al espectador: "Esta historia sólo puede ser bien contada en dos dimensiones, el tacto y el oído. La vista apenas participa de ella. Sin embargo, trataremos de contarla también para los ojos". Después de ocho años, un hombre (Roberto Escalada) regresa a su casa mientras escapa luego de cometer un crimen. Allí lo espera ansiosa su madre ciega (Ilde Pirovano), que lo cree regenerado. Christensen logró el milagro de contar esta historia para tacto y oído de un modo absolutamente cinematográfico: quizá nunca el cine clásico argentino haya usado tan bien los silencios y las penumbras, haya podido contar tanto sin pronunciar palabra. La secuencia en la que la madre encierra en sus habitaciones a su hijo y al cómplice es de una frialdad y suspenso que aún hoy hielan la sangre. Además, y como dato anecdótico, el momento en el que la mujer ciega apaga todas las luces de la casa para quedar en igualdad de condiciones con los dos ladrones se adelanta quince años a la escena final de Espera la oscuridad (1967), gran thriller de Terence Young. ■